No Confundir Suerte con Capacidad: Como Evitar que el Éxito te Mate

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_dsc0705Capitulo 5 – No Confundir Suerte con Capacidad: Como Evitar que el Éxito te Mate

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En un día primaveral de 1979, aprendí una lección de humildad – una lección cuyo costo casi fue mi vida y la de mi cordada.

En el año previo,  había estado en una buena racha, realizado algunas escaladas difíciles y sobreviviendo por algunos pocos pelos en el camino. Durante una ascensión, sentí algunos granos de rocas deslizándose camino abajo para luego escuchar el terrible estruendo de una roca del tamaño de un auto soltándose y rebotando acantilado abajo.

De alguna forma, reventó en pedazos, los cuales se estrellaban alrededor mío sin recibir siquiera un golpe. En una ruta de empinado desplome en la cara norte de “Third Flatiron (Tercera Plancha)”, aseguraba a un amigo desde la última cadena, con los pies colgando sobre 200 pies (66 mts. aprox.) de caída recta. Al llegar al tope, mi compañero miró la cadena y palideció en el acto. Me señaló lo que yo había fallado en ver: había instalado la cadena detrás de un bloque gigante que no estaba realmente adherido a la pared. Si él hubiese caído en el desplome, podría haberme tensado a mí y a la cadena y ambos, con el bloque desprendido y todo, habríamos, como maraña de cuerda y cuerpos, volado en caída libre hasta el suelo. Habríamos estado lo suficiente en el aire como para pensar – “vamos a morir”. En una tercera ruta, llamada “Jules Verne”, había escalado 10 pies (3,3 mts. aprox.) hacia la derecha de donde debería haber escalado.  Cuando me di cuenta de mi error estaba 30 pies (10 mts. aprox.) alejado de la última protección instalada dentro de una grieta. Intenté una delicada travesía por la pared para regresar a la ruta, pero mi pie se trabó y me encontré a mi mismo mirando hacia abajo haciendo un arco gigante con la cuerda mientras caía 60 pies (20 mts. aprox.). De alguna manera, volé justo por la parte en que la roca sobresalía poco y la cuerda se tensó sin que golpeara nada. Me retire asustado – mi amigos me dijieron que solté un grito primitivo caída abajo – pero intacto. Nada mayor a un rasguño.

Siendo un hombre joven, nunca se me había ocurrido realmente que era suerte. Estaba vivo – y terminaba las rutas – porque en mi mente, yo era bueno. Si otros escaladores morían, razonaba, debían carecer de alguna habilidad que yo poseía. No podía ser suerte.

Pero en un acantilado llamado “Cynical Pinnacle (Pináculo Cínico)”, visualicé cuan equivocado estaba. Sería humillado, por fortuna, antes de que mi arrogancia me matara.

Me asocié con un poco experimentado escalador para que me acompañara, un compañero llamado Dick. Nunca supe su apellido. Lo recluté desde el frente de una tienda de escalada local. – “Vamos” lo persuadía – “será la aventura de tu vida”. No me importaba si Dick tenía la experiencia requerida para subir. Me sentía tan en forma y tan en control, que todo lo que necesitaba – o pensaba que necesitaba – era un cuerpo tibio para sostener asegurada la cuerda. Le entregué dispositivos de escalada artificial para que pudiera escalar detrás de mí al final de cada largo.

Alcanzamos la plataforma previa a la cumbre de “Cynical Pinnacle” entrada la tarde. El aire se sentía denso, de la forma en que se siente antes de una gran tormenta en la primavera temprana. Mirando desde la terraza, podía ver los picos nevados de “Colorado Rockies” envueltos en niebla. La roca, que hace unas horas atrás se sentía tibia y amigable al tacto, ahora era fría y hostil.

“Sólo 50 pies (17 mts. aprox.) para terminar” dije, mirando arriba hacia la sección final de roca. “Creo que deberíamos ir a por ellos.” “No sé, Jim” dijo Dick. “Estoy cansado y además se avecina una tormenta. Si llegamos al final y comienza los relámpagos, seremos patos asados.”

Estaba en lo correcto. Podríamos estar parados sobre un pararrayos gigante. Pero me sentía fuerte y pensaba que podría llevarnos arriba y abajo lo suficientemente rápido. Lideré el largo final moviéndome rápido, dejando a Dick impresionado en la terraza.

Mi euforia de alcanzar el final de “The Prayer Book (El libro de Oraciones)”, la ruta más difícil de “Cynical Pinnacle” llegó a un abrupto final determinado por un inusual y seco sonido. “Algo está mal” me dije a mí mismo. “Algo está terriblemente mal”. Entonces, me di cuenta que era el equipo de escalada el que hacia el sonido. Me tome la cabeza y note que los pelos de mi cabeza estaban erizados. “¡Dick! Toda la torre va a ser golpeada por un rayo”. Pasé la cuerda a través de las últimas cadenas, como en un sistema de polea. “¡Bájame de vuelta hasta ti!”

Dick, menos experimentado que yo, fallaba con su equipo. “¡Ahora!” gritaba “Rápido”. Instaló la cuerda alrededor de su cintura y vacilante me descendió hasta la plataforma justo antes de que el rayo golpeara todo alrededor nuestro. Increíblemente, el rayo no descendió por la roca hasta nosotros.

Tenía el sabor metálico del miedo y la adrenalina aún en mi boca cuando Dick preguntó – “Bueno, ¿cómo vamos a bajar ahora?”

Era una buena pregunta. El lado por el que habíamos subido no tenía establecida una ruta de descenso. (La ruta de descenso establecida se encontraba en el lado este, como un rapel desde el tope del acantilado. Estábamos pegados a 100 pies (33 mts. aprox.) bajo el final de la ruta en el lado oeste y no podíamos subir debido a los rayos. Para peor, la pared caía en un angulado desplome, lo que significaba que estaríamos colgando en el aire cada vez que descendiéramos y que necesitaríamos balancearnos con la cuerda para llegar al siguiente punto de anclaje. Además, como no trajimos nada de comida o ropa extra, no podíamos esperar a que la tormenta pasara. Dick solo vestía shorts y había unos cálidos 75 grados (en F°, 24 °Celsius) cuando comenzamos. Pero ahora, con la temperatura bordeando los 50° F (10°C aprox.) y bajando, nos enfrentábamos a un frente primaveral. Restando sólo algunas horas de luz, teníamos que hacer algo.

Instalamos un rappel (un método que involucra recostarse sobre la cuerda y deslizarse hacia abajo utilizando un dispositivo de fricción, como se ven en las películas o en los comerciales de la armada estilo “se lo que quieras ser”). Yo bajé primero, golpeando la pared con mis pies, asegurándome de ser capaz de balancearme de vuelta al punto de anclaje. Cerca del final de la cuerda, me columpié hacia la pared, me fijé a algo de equipo y me tensé sobre las cadenas.

Dick rapeleo camino abajo. Como no fue golpeando la pared quede tenido en el aire, girando como un chicle al final de un cabello largo. Afortunadamente, tenía el final de la cuerda con migo, por lo que pude tirarlo hacia la muralla donde estaba anclado.

“Ok, tu tira de la cuerda mientras yo instalo las cadenas para el próximo rapel” le instruí. Estábamos a 300 pies (100 mts. aprox.) sobre el suelo y teníamos por lo menos 2 rapeles más para terminar. Me concentré en trabajar en las cadenas.

“Jim, la cuerda no avanza”

“¿Qué?. Quizás estas tirando del cabo equivocado. Dame la cuerda”

Lo hizo y yo tiré. No avanzó. Estaba realmente atascado. Comencé a sentir un enfermizo sentimiento en mi estómago.

“¿Chequeaste que el nudo estuviera libre de la grieta cuando comenzaste a descender?”

“No. ¿Se suponía que lo hiciera?”

Sabía que estábamos en serios problemas. Era probable que el nudo que sostenía ambas cuerdas juntas estuviera atascado en la fisura. Mientras más duro tiráramos de la cuerda, más atascado quedaría.

Visualicé un sistema de fisura a unos 20 pies (7 mts. aprox.) hacia nuestra derecha. “Voy a atarme la cuerda y  voy a balancearme hasta esa otra fisura. Quizás eso nos da suficiente ángulo sobre la cuerda para liberar el nudo”.

Me até y balanceé sobre la cuerda, poniendo mis pies de maneras que pudiera volar sobre la otra fisura. La alcancé y agarré su borde, colocándome sobre una pequeña terraza para poder instalar una nueva cadena. Tire de la cuerda. Nada. ”Dick, quizás pueda escalar esta fisura y liberar la cuerda desde arriba. Le voy a dar una oportunidad.”

“Antes que lo hagas, ¿podrías enviarme tu camisa con la cuerda? Está empezando a darme mucho frío y mis manos no están trabajando correctamente.” Me quité mi camisa manga larga de rugby y la amarré al final de la cuerda. Dick se inclinó fuera de las cadenas, manteniéndose fijo a ellas.

“Ok, Dick, ahí va.” Arrojé la cuerda en su dirección, la que viajó a través de la pared.

Falló en atraparla.

La cuerda se balanceo en mi dirección de vuelta y me incliné en un intento por agarrarla. Era como si todo ocurriera en cámara lenta – cuadro por cuadro – mientras la cuerda bailaba justo a un suspiro de mis yemas. Pasmado, me quede mirando incrédulo como se equilibraba en el punto medio entre nosotros dos. Ahí estábamos, 300 pies (100 mts. aprox.) sobre la superficie de la tierra. Y ahora, ni siquiera teníamos cuerda. Por primera vez, un espantoso pensamiento atravesaba mi mente: que había sido muy suertudo todo este tiempo, y cuando justo la necesitaba, mi suerte había salido corriendo.

Tenía tres opciones. La primera, podía intentar escalar hasta el nudo atascado. Esta opción se veía como altamente insegura, dado lo escarpado de la roca por subir. La segunda, podíamos esperar por un rescate, esperanzados de que alguien halla notado que no volvimos a casa como teníamos planeado. Esta opción significaba una muerte segura – con la temperatura cayendo, la lluvia aumentando, lo exhaustos que estábamos, todo sumado a la hipotermia. Concluí que la mejor opción era des-escalar hasta un sistema de fisuras menos desplomadas y luego hasta el suelo. Desde ahí – presumiendo que no me caía y me mataba – podría encontrar un teléfono, llamar a uno de mis amigos escaladores y luego escalar de vuelta hasta Dick para sacarlo de la pared.

“¿Estás seguro que eso es lo que deberías hacer?” preguntó Dick. “¿Y qué si caes?”

“Es nuestra mejor opción. Tenemos que hacer algo o vamos a morir aquí arriba.”

Le prometí a Dick que, no importando que pasara, volvería por él ese día. Luego, tomé una respiración profunda, me solté de las cadenas y comencé la expuesta desescalada. La roca, mojada por la lluvia, me daba un gran aporte: una fisura de 2 pulgadas (5 cms. aprox.) de ancho, el tamaño exacto para empotrar mis manos completas y bloquearlas tensas contra los lados, usando mi cuerpo. Me aseguré que cada empotre fuera tan sólido como para que, si mis pies se resbalaban, la mano se tensara más aún dentro de la fisura, como un dispositivo de levadura humana. Después de una hora o más de deliberados movimientos, uno tras otro, marcha lenta fisura abajo, finalmente me paré sobre el suelo.

No había comido en 15 horas, sentía mi garganta seca por la falta de agua y mis músculos estaban completaban agotados. El muro se alzaba completo delante de mí, oscuro y gris. Y aún tenía a mi compañero en sus garras. Sólo quedaban un par de horas de luz.

De repente, escuché un extraño sonido. Waka-waka-waka-waka. Vi un helicóptero venir en nuestra dirección. Luego, mirando camino abajo, vi una caravana de unos 20 vehículos – jeeps, autos, vans, camiones de bomberos y remolques. Me di cuenta de que una mujer que había estado de excursión en la zona y cayó en cuenta de nuestra situación, debió haber llamado por el rescate. “Ahora estamos en verdaderos problemas”, pensé.

No era que dudara de sus buenas intenciones, pero tanto policías como bomberos generalmente no están instruidos en sobre como realizar rescates en roca. Corrí colina abajo, buscando a la persona a cargo.

“Ese es” alguien respondió, apuntando a una larga y barrigona figura.

Corrí hacia él, gesticulando salvajemente y hablando sobre como teníamos que llegar arriba rápido, antes que la noche y la hipotermia se instalaran.

“Sólo cálmese, hijo. Tenemos todo bajo control”

“Mire, sólo necesito de una persona que sepa asegurar, una cuerda y algo de equipo. Puedo llegar a él por mi cuenta.” “No, este es un asunto serio” dijo.

“Sé que es serio. Si no actuamos ahora, se pondrá más serio aún. Voy a tomar una cuerda y subiré por mi cuenta si no me ayuda.”

“Hijo, si no te calmes te pondré bajo arresto por tu propia seguridad.”

Sentía la rabia crecer en mi interior. No contra el alguacil, sino contra mi mismo. No era su culpa que estuviéramos en este lío. Era mía. Sólo mía.

“Ok” cedí – “¿cuáles son nuestras opciones?.”

“¿Podemos llegar a él en caballo?” preguntó el alguacil.

“No, a menos que un caballo pueda escalar fisuras de grado 5.10” Me miró confundido, revelando su falta de comprensión de la situación. Debe haber pensado que éramos dos excursionistas perdidos o algo por el estilo. Le pregunté si podía usar la radio para hablarle al helicóptero. Le indiqué al helicóptero para que dirigiera una luz hacia a la solitaria figura en la pared. Dick se veía como alguien que se había aventurado sobre un transbordador espacial y cuya cubierta se había volado, dejándolo precariamente expuesto.

“Roger, lo tenemos a la vista” comunicó el piloto.

Hubo una larga pausa, y luego: -“¡Jesucristo! ¿Como diablos llegó hasta allá?”

Recién ahí el alguacil se dio cuenta de que los caballos no servirían.

Después de discutir una serie de opciones, incluyendo bajarme en top desde el helicóptero con un set de cuerdas, concluimos que lo mejor era lo más simple. Darme una cordada, una cuerda y escalar directo a Dick para bajarlo. Un hombre del equipo de rescate tenía experiencia en escalada y se ofreció para asegurarme camino arriba en el acantilado en nuestro intento para alcanzar a Dick. La oscuridad había caído y el alguacil había dirigido todas las luces sobre la roca. El Pinnacle estaba envuelto en niebla, iluminado con un extraño tinte verde en un fondo tono negro.

Encontramos un sistema de fisuras que apuntaban en la dirección de Dick y luego de una hora negociando mi camino hacia arriba entre irregulares sombras, finalmente alcanzamos a Dick.

“No te preocupes Dick, ya te tenemos.” No respondió más que con un leve asentimiento con su cabeza. Su piel se sentía fría – muy fría – al tacto. Instalamos una línea de descenso y con la ayuda del rescatista bajamos a Dick hasta el suelo. Alrededor de las 3 a.m. el calvario había llegado a su fin mientras Dick recibía tratamiento médico de urgencia. Cuando su temperatura corporal comenzó a aumentar supe que sobreviviría y que volvería a escalar otro día.

Y yo también lo haría, pero más reflexivo y con una perspectiva diferente. Había aprendido la lección más importante que la escalada entrega como una sala de clases: cuando funcionas con la arrogancia de la autoadulación – soy exitoso porque, bueno, soy yo y yo soy realmente bueno – es cuando corres los riesgos más grandes de todos. Resultados sostenibles (y en escalada sólo puedes lograr resultados sostenibles si te mantienes vivo) requieren no sólo coraje y voluntad, sino también una rigurosa forma de auto-honestidad llamada humildad.

Veinte años después del “Cynical Pinnacle”, me encontré a mi mismo intentado de entender la dinámica interna de algunos ejecutivos que había logrado las gestiones para llevar a buenas compañías a ser grandes, en contraste con ejecutivos que habían fallado en liderar sus compañías en un salto sostenible. Mi equipo de investigación y yo notamos un patrón fascinante que llamamos “La Ventana y el Espejo”. Cuando, confrontados con el indudable hecho de su extraordinario éxito, los gerentes generales de las compañías que había logrado el salto tenían la tendencia de apuntar “fuera de la ventana”, a factores más allá de ellos mismos para señalar la razón de su éxito, siendo muy cuidadosos de dar crédito a otras personas y a la buena suerte. Un gerente general señaló que un 80% del éxito de la compañía durante su gestión podía atribuirse al viento que soplaba a sus espaldas. Le hice notar que compañías menos exitosas habían tenido el mismo viento y velas más grandes, a lo que me respondió: “Hmmm, entonces debemos haber tenido mucha suerte”. Pero cuando se les preguntaba sobre los contratiempos y los fracasos en el camino, las compañías exitosas nunca apuntaban “afuera de la ventana”; se paraban “frente al espejo” y decían –“Yo soy el responsable.” En contraste, notamos que los ejecutivos en el resto de las compañías apuntan “fuera de la ventana” para señalar sus fracasos y contratiempos: competencia desleal, la economía, los mercados y así. Pero cuando las cosas andaban bien, se “miraban en el espejo” y se atribuían mucho del éxito a su grandeza personal. Algunos incluso llegaron más lejos y publicaron autocomplacientes autobiografías, modestamente tituladas con su nombre.

Miro atrás, hacia los finales de los 90s, cuando una generación entera de gente de negocios se benefició de una de las más extraordinarias alzas del mercado en la historia. Los gerentes generales vieron las acciones de sus compañías alzarse al doble de su valor, pagándose a si mismos con más acciones – como si ellos hubiesen causado todo el vaivén en alza. Los empresarios jóvenes se veían a si mismos como invencibles; creían que podía burlar las leyes de gravedad e ignorar fundamentos como crear ganancias sostenibles. Miles de inversores cayeron en la trampa de equiparar el alza en sus 401ks (tipo de plan tributario en EE.UU.) con sus carteras de inversión y miles de aventurados capitalistas llegaron a verse a si mismo tan inteligentes como Warren Buffet. El mercado se estrelló, la figura de los gerentes generales cayó junto con el y los inversores vieron sus cuentas de jubilación bajar a niveles más realistas. En masa, habíamos cometido el error de confundir suerte con capacidad.

Tenía un profesor en la escuela de Standford llamado Robert Burgelman, quien gravó a fuego en mí la idea de que la perspectiva más peligrosa en los negocios y en la vida no es el fracaso rotundo, sino ser exitoso sin saber a ciencia cierta en primer lugar por qué eres exitoso. El éxito, señalaba, nubla el juicio. Mejor operar con una brutal honestidad sobre los roles de los factores más allá de uno mismo. Al mirar a los mejores ejecutivos de mi investigación, ellos usaban esta idea no como una forma de debilidad, sino como una forma de autodisciplina. – “quizás sólo fuimos suertudos, por lo tanto mejor seamos mucho más disciplinados para hacernos mucho más fuertes, de manera que sigamos siendo fuertes si nuestra suerte desaparece…”

Por supuesto, la excelencia en el tiempo no se trata sólo sobre humildad, es también un tema de voluntad. La voluntad de separar probabilidad de consecuencia y actuar de acuerdo a ello. La voluntad de elegir a los compañeros correctos y avanzar con ellos. La voluntad de escalar en el futuro, hoy. Y cada cierto tiempo, incluso la voluntad de apostar cuando las probabilidades están en contra y las consecuencias son severas. Pero aquellos que escalan lo suficiente eventualmente entienden que la suerte es un factor en la vida y que no podemos controlar todos los resultados. Aquellos que tienen una gran y sostenida carrera de ascenso eventualmente aprenden a reconocer y administrar su suerte, constantemente perfeccionando sus capacidades para lidiar con el día cuando esta ya no este.

Cerca de un cuarto de siglo después de “Cynical Pinnacle”, escalar continua manteniendo un lugar prominente en mi vida. En efecto, mientras escribo estas palabras, estoy en un avión, volando de vuelta de la costa este. Después de aterrizar planeo deambular por el “First Flatiron (La Primera Plancha)” (comenzar el día en Manhattan; terminar el día en el tope de “First Flatiron” – una buena combinación.) Y si el clima empeora o llego muy tarde, trabajaré en mi gimnasio de escalada casero. No importa como se mire: ¡soy un hombre muy suertudo! Cuando reflexiono sobre “Cynical Pinnacle”, continuamente recuerdo la línea que un gran poeta escribió una vez – “el hombre es un tonto que cuenta demasiado con su suerte, particularmente cuando ha recibido más de la que le correspondía”.

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